Más de alguna vez en esas tardes de flojedad, habrán observado a nuestras compañeras diminutas y casi invisibles, las hormigas. Se acordarán seguramente de la columna ordenada de miles de ellas, dirigiéndose a su hormiguero, perdiéndose en la ranura sutil de nuestros hogares o en la misma tierra del patio, otro universo escondido que pocos tienen el gusto de develar.
Me tocó en una oportunidad observar en el interior de mi baño, no pregunten qué hacía aparte de "meditar" y mirar distraídamente la cerámica, un pequeño contingente de aquellos bichitos que subía ordenadamente por la pared y doblar hacia la izquierda. Lo que me llamó la atención, fue que una de ellas parecía vigilante y permanecía en su lugar pero tocaba con sus antenas a las que iban pasando para dejarlas seguir luego y si alguna de ellas se alejaba sólo un poco, inmediatamente se dirigía hasta la rebelde o distraída compañera y firme, rodeándola la hacía continuar el rastro que dejaba la que la precedía.
Y así estuvo aquella vigilante un buen rato, hasta que llegó una hormiga a tomar su lugar, sí, parece que también tienen un reglamento interno para hacer valer los derechos laborales y así es como la veo seguir el camino de las anteriores como si el peso de su cargo lo dejara a manos de aquella reemplazante.
No pude seguir a la nueva compañera tomando el cargo de tan importante labor porque un ligero calambre y voces exteriores, me estaban avisando que era hora de dejar el sitio de observación.